Mujeres palestinas: atrapadas entre la ocupación y el patriarcado

Budour Hassan
Translated to Spanish 
by: Esther Pérez de Vargas
English, Arabic, Italian

En una cálida y luminosa mañana de domingo, Saqer, de tres años, abrazaba a su madre cuando esta recibió varios disparos en la cabeza y en el pecho. Desaliñada, trémula y amancillada con la sangre de su madre, a Saqer la descubrió un vecino mientras suplicaba ayuda, pero fue incapaz de expresar lo que acababa de ocurrir en su hogar. La madre de Saqer, Mona Mahajneh, acababa de ser asesinada a sangre fría delante de sus ojos; el único sospechoso hasta ahora es su tío materno, cuya detención se ha ampliado con el fin de permitir que progrese la investigación del asesinato.

Mahajneh, de treinta años de edad, madre de tres hijos, natural de Umm al-Fahm en el Triángulo Norte, es la última mártir de la violencia doméstica contra las mujeres palestinas en los territorios ocupados en 1948 por las milicias sionistas (en lo sucesivo me referiré a ellos como Línea Verde, tal y como se reconoce internacionalmente a la frontera del armisticio árabe-israelí). Intentó comenzar una nueva vida tras su divorcio, a pesar de haber sido separada de sus otros dos hijos. Sin embargo, en una sociedad patriarcal, en la que a las mujeres divorciadas se las deshumaniza y se las trata como una carga onerosa, Mona pagó con su vida la búsqueda de independencia y de la libertad de elegir.:

Trágica Ironía

Irónicamente, Mona fue asesinada tan sólo dos días después de una protesta contra los asesinatos de mujeres en nombre del “honor de la familia”. El viernes, 26 de abril, la Comisión Contra los Asesinatos de Mujeres, una coalición de 20 grupos feministas palestinos, recorrió los pueblos y ciudades situados en la Línea Verde en dos procesiones motorizadas. Con el nombre de “La Procesión de la Vida”, la protesta pedía el fin del fenómeno de los crímenes de “honor”. Dos caravanas, una saliendo desde el Naqab en el sur, y la otra desde Kafr Manda en la baja Galilea, convergieron, eventualmente, para hacer una protesta conjunta en Kafr Qare’ cerca de Umm al-Fahm. Las procesiones pasaron por las aldeas palestinas del sur y del norte, enviando un ruidoso mensaje contra la violencia en toda Palestina. En los coches se veían los nombres de las mujeres asesinadas por miembros de sus familias y se elevaban pancartas y señales que decían “No hay honor en los crímenes de honor” y, “Fue asesinada por ser una mujer”. La impresionante participación que tuvo la protesta y la atención que recibió de los medios de comunicación, sin embargo, no pudieron prevenir el asesinato de Mona.

No es esta la primera vez que una mujer palestina es asesinada justo poco tiempo después de una protesta contra la violencia de género. El 10 de marzo de este año, Alaa Shami, de 21 años, fue apuñalada por su hermano en la ciudad norteña de Ibilline, justo dos días después del Día Internacional de las Mujeres. El 7 de febrero de 2010, Bassel Sallam disparó mortalmente a su esposa, Hala Faysal y la abandonó desangrándose en su habitación. Unas horas antes del asesinato, su padre, Ali Sallam, diputado mayor de Nazareth, había participado en una manifestación contra la violencia sobre las mujeres y daba un discurso denunciándola.

Repunte Escandaloso

Seis mujeres palestinas han sido asesinadas en la Línea Verde en lo que va de año, dos más que en el año 2012. Las estadísticas recogidas por la organización Mujeres Contra la Violencia, con base en Nazareth, muestran un cuadro incluso más preocupante: desde que Israel ratificó la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres (CEDAW) en 1991, 162 palestinas han sido asesinadas en la Línea Verde por sus maridos u otros miembros de su familia. Desde 1986, 35 palestinas han sido asesinadas en las ciudades de al-Lydd y Ramleh. Las cifras ofrecidas por Mujeres Contra la Violencia, muestran que una mayoría aplastante de las mujeres asesinadas en la Línea Verde son palestinas. En 2011, por ejemplo, 14 mujeres fueron asesinadas en la Línea Verde y 9 de ellas eran palestinas. De las 15 mujeres asesinadas en 2010, 10 eran palestinas. Un total de once mujeres fueron asesinadas en 2009 y nueve de ellas eran palestinas. En el mismo año, 13 mujeres palestinas fueron asesinadas en Gaza y Cisjordania. Las cifras exactas sobre los asesinatos de mujeres en Gaza y Cisjordania son más difíciles de obtener, y no todos los casos están documentados o los han cubiertos los medios de comunicación palestinos, pero en ningún caso la situación es menos perturbadora que en la Línea Verde.

Despolitizar la Violencia

El vídeo musical “If I could go back in time” (“Si pudiera llegar a tiempo”) es una iniciativa reciente de alto nivel dirigida a la violencia contra las mujeres que desafía el concepto de asesinatos de “honor”, lanzado en noviembre de 2012 por el grupo palestino de hip hop DAM. El conmovedor vídeo, codirigido por Jackie Salloum y patrocinado por ONU Mujeres, ha alcanzado las 200.000 visitas y recibido comentarios positivos en Palestina y más allá de sus fronteras. Una importante desventaja del vídeo, sin embargo, es que despolitiza la violencia contra las mujeres y cambia la profundidad y la complejidad por el drama populista y el reduccionismo. Lila Abu Lugod y Maya Mikdashi escribieron en su crítica del vídeo, “opera en una total vacuidad política, legal e histórica.”
Cuando se trata de la violencia contra las mujeres en el Oriente Medio en general y en Palestina en particular, existen dos paradigmas dominantes y completamente opuestos: El primero culpa de la violencia a la tradición y a una sociedad inherentemente misógina, centrándose solamente en la categoría de crímenes de “honor” como si representaran la única forma de violencia de la que las mujeres son objeto. El otro paradigma, mientras tanto, sostiene que los responsables son el colonialismo israelí y su discriminación institucionalizada, reclamando que nadie puede esperar que las mujeres sean libres mientras Palestina está bajo ocupación. Ambos paradigmas son, obviamente, demasiado simplistas y no representativos. Evitan hacerse las preguntas difíciles, e ignoran tanto la realidad con sus múltiples niveles, como la política de la vida diaria a la que las mujeres palestinas se enfrentan.

Los movimientos árabes feministas-burgueses, incluyendo el movimiento feminista de Cisjordania, atrapados entre la espada y la pared, se traicionaron a sí mismos al elegir aliarse con los tiranos regímenes árabes, con el objetivo de promover sus derechos sociales a través de las leyes. Al permanecer junto a las autoridades y las estructuras de poder, estaban actuando como una cortina de humo para estas dictaduras “seculares”. Más aún, al optar por una lucha “feminista” elitista y apolítica, las feministas burguesas estaban ignorando que el cambio social no se puede conseguir en una ausencia total de libertad política ni siendo serviles a un sistema represivo. El feminismo no trata simplemente de una lucha por la igualdad de género; sino que trata también de sacudir la dinámica hegemónica del poder y la dominación. La subordinación de género es un factor fundamental en esta matriz de poder, pero se entremezcla con la opresión política y la explotación basada en la clase social, la religión, la etnia, la habilidad física y los aspectos relacionados con la identidad personal.

El movimiento feminista en la Línea Verde, a pesar de sus numerosos problemas estructurales y de sus defectos, entendió desde el principio que lo personal no se puede separar de la política, precisamente porque el estado de Israel juega un activo papel en la marginalización de las mujeres palestinas y en el fortalecimiento de los elementos patriarcales locales que oprimen a las mujeres, como son los líderes de los clanes y los tribunales religiosos. La mayoría de las feministas palestinas además, nunca han pensado que el avance en los derechos de las mujeres pudiera venir de la mano del Knesset, el parlamento sionista.

Sin Protección

Es muy ingenuo creer que la policía, que es un órgano del Estado, violento, militarizado e intrínsecamente patriarcal, podría comprometerse con la erradicación de la violencia contra las mujeres. Es incluso más ingenuo todavía pensar que la policía israelí, una herramienta de aplicación de la ley a favor de la ocupación, tuviera la determinación de abolir la violencia contra las mujeres palestinas a menos que recibieran una enorme presión para hacerlo. Las historias de palestinas que se quejaron ante la policía israelí acerca de las amenazas recibidas de miembros de su familia- a las que no se les hizo caso y luego fueron asesinadas por miembros de su familia- son demasiado numerosas para contarlas. Por ejemplo, hace pocos meses en Rahat, la ciudad palestina más grande en el Naqab, una joven se acercó a la oficina de los servicios sociales e informó a la policía de que temía por su vida. Los oficiales de policía le dijeron que regresara a su casa, asegurándole que estaría a salvo. Casi 24 horas más tarde, fue hallada muerta.

El último incidente ocurrió el 21 de mayo de 2013: dos niñas, de tres y cinco años, fueron estranguladas en su casa de Fura’a, una aldea palestina no reconocida en el Naqab. La madre de las niñas había acudido a una comisaría de policía en la cercana colonia judía de Arad, e informó de que su marido había amenazado con matar a las niñas, pero ignoraron su súplica.

Estos horribles acontecimientos demostraron el matrimonio existente entre el estado- una entidad patriarcal y masculina- y los elementos patriarcales conservadores de la comunidad.
La policía israelí trata la violencia doméstica entre la minoría palestina como un “asunto privado” que debe dejarse en manos del clan y sus líderes. Es mucho más cómodo para la policía relacionar la violencia doméstica contra las mujeres palestinas con el “honor de la familia” para así eximirse de la responsabilidad de intervenir, con el pretexto de respetar la “sensibilidad cultural”. El uso de este pretexto para justificar la falta de cumplimiento de los derechos de las mujeres, se deriva de la racista presunción israelí de que el abuso y la opresión hacia las mujeres están intrínsecamente unidos a la cultura y la tradición palestinas. También se debe a la doble moral de Israel sobre el respeto y la protección de la multiculturalidad.

Por un lado, Israel reclama el respeto al principio de la multiculturalidad para reforzar y mantener la opresión de las mujeres. Por otro lado, Israel muestra muy poco respeto por el multiculturalismo cuando se refiere al reconocimiento de los derechos de las minorías. El estado aparente de la lengua árabe como lengua oficial es solamente tinta sobre papel; la cultura, la historia, la narrativa, la literatura política de Palestina se han eliminado, a propósito, del plan de estudios de la escuela, y la memoria colectiva se dirige a través de constantes intentos de Israelificación. Además, la misma policía israelí que evade su deber de proteger a las mujeres de la violencia doméstica porque es una asunto “de familia”, no tiene, definitivamente, tal preocupación por los “asuntos familiares palestinos”, cuando ordena la demolición de casas y desplaza a familias enteras en el Naqab, de manera regular.
No sólo es desesperadamente escasa la protección por parte de la policía, sino también su responsabilidad sobre el tema. La mayoría de los casos de violencia doméstica se cierran o bien por falta de pruebas o bien por falta de interés público. Aunque Israel, a diferencia de muchos estados árabes, no tiene ninguna disposición en su legislación penal que mitigue la pena por los llamados “crímenes de honor”, las organizaciones de derechos de la mujer acusan de manera reiterada a la policía de no invertir el suficiente esfuerzo en los intentos por encontrar a los asesinos y hacerles responsables. Algunos de los peores casos de violencia contra las mujeres tienen lugar en Lydd, Ramleh y el Naqab. En estos lugares también se dan algunas de las más altas tasas de pobreza y desempleo; y están sujetos a las políticas israelíes de extrema discriminación, negación de los derechos y servicios básicos, y constantes amenazas de desalojar y demoler sus casas. A esto se le añade la falta de acceso a la justicia israelí por parte de las mujeres palestinas desfavorecidas, y la retribución social a la que se enfrentan estas mujeres por acercarse a la policía y quejarse de los miembros de su familia, por lo tanto, no es una sorpresa que las mujeres palestinas no confíen en que el Estado las proteja.

Justificaciones Tácitas

Todo comienza por la gran diferencia entre la manera en que los medios de comunicación cubren el asesinato de un hombre y el asesinato de una mujer: al primero se refieren a menudo como una “tragedia” mientras que al segundo se refieren como un “incidente ambiguo”. Cuando se les pide a los políticos palestinos, los líderes religiosos y las figuras públicas que se expresen acerca de los asesinatos de mujeres, comienzan a culpar a la policía y reiteran que la violencia contra las mujeres forma parte de la creciente violencia general que se está dando en la sociedad palestina. De hecho, es difícil que pase un día sin que se tenga conocimiento de un tiroteo o de algún incidente con puñaladas en el que están involucrados hombres palestinos en diferentes ciudades palestinas. La violencia domina de tal forma que casi 10.000 manifestantes acudieron a las calles de Haifa- una de las protestas más grandes en la historia de Haifa-, el día 7 de mayo para reclamar que ya es suficiente. La gente que mezcla la violencia de género con la violencia en general, ignora la realidad de que las mujeres están siendo asesinadas por el simple hecho de ser mujeres: además son asesinadas en aquellos sitios que se supone que son los más seguros y por aquellos que se supone que están en el entorno más cercano e íntimo. Está de moda expresar la condena y llamar al respeto por los derechos de las mujeres después de que una mujer es asesinada’y posteriormente, a los dos días, olvidar este hecho completamente hasta que se produce un nuevo asesinato. Los asesinatos de mujeres, bajo cualquier eufemismo, son sólo una manifestación del patriarcado. No se habla de la verdadera raíz del problema, que se encuentra muy arraigada.

La condena temporal y retórica de la violencia contra las mujeres por aquellos que promueven o permanecen silenciosos ante otras formas menos visibles del patriarcado, nos ayuda a explicar el fracaso de la sociedad como un todo, a la hora de tomar una posición firme que permita prevenir estos crímenes. La Rama Norte del movimiento islámico, por ejemplo, condena la violencia física contra las mujeres pero rechaza las protestas políticas mixtas y segrega a las mujeres en sus propios actos públicos. ¿Cómo puede Talab Arar, un miembro del Knesset por la Lista Árabe Unificada, tener una base moral para denunciar la violencia contra las mujeres, cuando él mismo es polígamo?
Pero la misoginia y el patriarcado no son, de ninguna manera, exclusivos de los palestinos religiosos y conservadores. Muchos activistas y políticos de izquierda no dudan en usar un lenguaje sexista, dar justificaciones tácitas al acoso sexual, o reclamar que la lucha por los derechos de las mujeres no es una prioridad mientras se esté bajo la ocupación. ¿Cómo podemos llegar a ser libres como mujeres y palestinos, cuando un líder de la protesta y un muchacho del cartel de la resistencia palestina están implicados en casos de acoso sexual y se les encubre? Mientras se espere que las mujeres palestinas impulsen sus demandas de liberación hasta el límite, y mientras una gran parte de la población no acepte que las mujeres están estructuralmente oprimidas, éstas seguirán siendo asesinadas con total impunidad social y legal.

Un primer paso para desafiar el léxico hegemónico de los patriarcas locales y coloniales, sería dejar de usar el término “crímenes de honor”, incluso entre comillas. Su simple uso ya legitima el concepto y da la falsa apariencia de que es el “honor” el motivo real del crimen, cuando en realidad es sólo un pretexto para despojar a las mujeres de su autonomía y dignidad. El segundo paso consiste en hablar, el silencio es complicidad. Barrer la fea verdad bajo la alfombra no la va a ocultar, sino que hará que su fuerza se haga más brutal y que se intensifique el ciclo de violencia que ha destruido literalmente las vidas de un gran número de mujeres a lo largo del tiempo. El tercer paso y el más importante, es no esperar a que la policía nos proteja. Las mujeres deben tomar las armas para protegerse a sí mismas y organizar milicias callejeras para combatir el acoso sexual.

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